C A P I T U L O 40

El 15 de agosto de 1850, prediqué en la catedral de Montreal sobre el poder de la bendita Virgen María en el cielo para interceder por los pecadores. Nada parecía más natural que orar a ella y confiar en su protección. Por supuesto, mi discurso era más sentimental que bíblico, pero entonces yo creía sinceramente lo que decía.

–¿Quién entre ustedes, mi queridos hermanos, –dije a la gente, –rehusaría cualquier demanda razonable de una madre amada? ¿Quién entristecería a su corazón amoroso rehusándole una petición cuando tiene el poder para concedérsela? Por mi parte, si viviera todavía mi madre amada, yo preferiría que me machacaran la mano derecha y la quemaran hasta cenizas o que me cortaran la lengua antes de decir no a mi madre, pidiéndome cualquier favor que yo pudiera otorgarle.

–Este respeto y obediencia a nuestras madres, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, lo practicó a la perfección. Aunque era Dios y hombre, él vivía en perfecta sumisión a la voluntad de su madre. El Evangelio dice en referencia a sus padres, José y María: El estaba sujeto a ellos (Lu.2:51). ¡Cuán grandiosa y resplandeciente revelación tenemos en estas pocas palabras: Jesús estaba sujeto a María! No está escrito que Jesús es el mismo ayer, hoy y para siempre? (He.13:8) El no ha cambiado. Es todavía el hijo de María hoy, así como lo era a la edad de doce años. Por esta razón nuestra santa Iglesia nos invita a poner nuestra confianza ilimitada en su intercesión. Puesto que Jesús siempre le concede sus peticiones, presentemos nuestras peticiones a ella si queremos recibir los favores que deseamos.

–La segunda razón por la que todos tenemos que acudir a María es porque somos pecadores rebeldes ante los ojos de Dios. Jesucristo ciertamente es nuestro Salvador, pero también es un Dios infinitamente justo e infinitamente santo. El aborrece nuestros pecados con un odio infinito.

–Si le hubiéramos amado y servido fielmente, podríamos acudir a él con la esperanza y seguridad de ser bienvenidos. Pero le hemos olvidado y ofendido; hemos pisoteado su sangre debajo de nuestros pies; nos hemos unido con aquellos que lo clavaron en la cruz; hemos traspasado su corazón con la lanza y derramado su sangre hasta la última gota. ¿Cómo osaríamos acercarnos a él y cruzar nuestra mirada con la de él? Por esta razón, nuestra santa Iglesia, hablando a través de su infalible Pontífice Supremo, el Vicario de Cristo, Gregorio XVI, nos ha dicho de la manera más solemne que María es la única esperanza de los pecadores.

Concluyendo mis argumentos, agregué: –Jesús tiene mil razones buenas para rehusar nuestras peticiones, si somos tan descarados como para hablarle nosotros mismos. Pero miren a la diestra de nuestro rey ofendido y he aquí su querida y divina madre. Ella es la madre de ustedes también, porque es a todos nosotros igual que a Juan que Cristo dijo en la cruz, refiriéndose a María: He aquí, tú madre. (Jn.19:27) Jesús nunca ha rehusado un favor pedido por la Reina del Cielo. El no puede reprender a su madre; acudamos a ella y pidámosle que sea nuestra abogada para que defienda nuestra causa y ella lo hará. Pidamos a ella nuestro perdón y ella lo obtendrá.

Mi sermón había hecho una visible y profunda impresión. El Obispo Prince me dio las gracias y me felicitó por el buen efecto que se vio en la gente. Sinceramente creí que había dicho lo más verdadero y correcto delante de Dios.

Antes de dormir, tomé mi Biblia como siempre y me arrodillé delante de Dios. Leí el capítulo doce de Mateo con un corazón devoto y un sincero deseo de entender. Extrañamente, cuando llegué al versículo cuarenta y seis sentí una admiración misteriosa como si hubiera entrado por primera vez a una tierra muy nueva y santa.

Aunque había leído ese versículo y los que siguen muchas veces, llegaron a mi mente con una frescura como si nunca los hubiera leído antes. Lentamente y con intensa atención, contemplé la llegada de María a la casa para encontrarse con su divino hijo que había estado tanto tiempo ausente de ella. ¡Mi corazón palpitaba de gozo ante el privilegio de presenciar esa entrevista y oír las respetuosas palabras que Jesús dirigiría a su madre!

Con mi corazón y alma estremecidos con estos sentimientos, leí lentamente:

“Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera y querían hablarle. Y le dijo uno: He aquí, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablarte. Respondiendo él a quien le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: ¡He aquí, mi madre y mis hermanos! Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mt. 12: 46-50)

Apenas terminé de leer el último versículo cuando grandes gotas de sudor empezaron a fluir por mi rostro, mi corazón latía con tremenda velocidad y casi me desmayé. Me senté en mi sillón esperando en cualquier momento caer al suelo. Sólo los que han oído el ruido tronante de las cataratas de Niágara y han sentido el temblor de las rocas debajo de sus pies tienen idea de lo que sentí en esa hora de agonía. Mi conciencia retumbaba como la voz de mil Niágaras diciéndome: –Predicaste una mentira sacrílega esta mañana cuando dijiste a tu congregación ignorante y engañada que Jesús siempre le concede las peticiones de su madre, María. ¿No te da vergüenza engañarte a ti mismo y a tus pobres compatriotas con semejantes falsedades absurdas?

–Leelo nuevamente y comprende que lejos de concederle todas sus peticiones a María, Jesús siempre, excepto como niño, ha dicho no a su peticiones. Cuando ella le pedía algo en público, él siempre la reprendía. ¿Le faltó amor y respeto cuando le dio esa reprensión? ¡No! Nunca un hijo había amado y respetado más a su madre que él, pero era una protesta solemne contra la adoración blasfema a María como se practica en la Iglesia de Roma.

Me sentí tan confundido por la voz que me conmovía hasta los huesos que pensé por un momento que estaba poseído por un demonio. –¡Dios mío! –clamé, –¡Ten misericordia de mí! ¡Socórreme! ¡Sálvame de las manos de mis enemigos! Rápido como un relámpago vino la respuesta: –No es la voz de Satanás la que oyes. Soy Yo, tu Salvador y tu Dios el que hablo. Lee cómo Marcos, Lucas y Juan te dicen cómo yo recibía sus peticiones desde el día en que comencé a trabajar y hablar públicamente como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Tomé mi Biblia y leí:

Viniendo después su madre y sus hermanos y quedándose afuera, enviaron a llamarle y la gente que estaba alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan. El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí, mi madre y mis hermanos; porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mc.3:31-35)

La voz siguió: –¿No ves que predicas una mentira blasfema cada vez que dices que Jesús siempre concedía las peticiones de su madre?
Nuevamente, impotente para aplacar los pensamientos que despiadadamente conmovían mi fe y derribaban el respeto que tenía por mi Iglesia, vino a mi mente que San Lucas narra esta entrevista de una manera muy diferente. Pero, ¿Cómo hallaré palabras para expresar mi angustia cuando vi que la reprensión de Jesucristo fue expresada de una manera aún más severa por San Lucas!

Estos tres parecían decirme: ¿Cómo te atreves a predicar junto con tu Iglesia apóstata y mentirosa que Jesús siempre concedía las peticiones de María, cuando nosotros fuimos ordenados por Dios a escribir y proclamar que todas las peticiones públicas que ella le presentó cuando trabajaba como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo, fueron contestadas por una reprensión pública.

¿Qué podía responder? Temblando de cabeza a pies, caí de rodillas clamando a la Virgen María que acudiera a mi auxilio y le pedí que no sucumbiera a esta tentación y perdiera mi fe y confianza en ella. Pero entre más oraba, más fuerte la voz parecía decirme: –¿Cómo te atreves a predicar semejante mentira cuando nosotros te decimos lo contrario por orden de Dios mismo!

En vano lloraba, oraba, clamaba y luchaba desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana. De repente, el milagro de cambiar el agua en vino que Cristo hizo a petición de su madre vino a mi mente. Sentí una esperanza momentánea de que en este caso el Salvador había obedecido a las demandas de su Santa Madre. Ansiosamente abrí mi Biblia y leí:

Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. (Jn. 2 :1-5)

Yo siempre aceptaba ese texto como prueba de que el primerísimo milagro de Jesucristo fue hecho a petición de su madre. Yo estaba preparándome para responder a los tres testigos: –Aquí está la prueba de mi confianza en la intercesión de María; aquí está el sello de su irresistible poder sobrehumano sobre su hijo divino. ¡Aquí está la evidencia innegable que Jesús no puede rehusar cosa alguna que su madre le pida!

Armado con estas explicaciones de la Iglesia, estaba a punto de confrontar lo que San Mateo, San Marcos y San Lucas me decían cuando de repente, vino a mi mente un pensamiento angustioso como si los tres testigos me dijeran: ¿Cómo puedes estar tan ciego como para no ver que en lugar de ser un favor concedido a María, este primer milagro es la primera oportunidad escogida por Cristo para protestar en contra de la intercesión de ella! Es una advertencia solemne a María a nunca interponerse ante las necesidades de otros y para nosotros a nunca confiar en su intervención. Aquí, María evidentemente llena de compasión por esa pobre gente que no tenía los medios para proveer el vino para los invitados que habían venido con Jesús, quiere que su hijo les dé lo que les hacía falta. ¿Cómo responde Cristo a su petición? El responde con una reprensión, una solemne reprensión... En lugar de decir: Sí, Madre, haré lo que deseas; él dice: ¡Mujer! ¿Qué tienes conmigo?. Esto claramente significa: Mujer, no tienes nada que ver en este asunto. No quiero que te interpongas entre las necesidades de la humanidad y yo. No quiero que el mundo crea que tú tengas algún derecho, poder o influencia sobre mí o más compasión ante las miserias del hombre de la que yo tengo. Mujer, es solamente a mí a quien los hijos perdidos de Adán tienen que acudir para ser salvos. ¿Qué tienes conmigo en mi gran obra de salvar a este mundo perdido? Nada, absolutamente nada. Yo vengo a cumplir, no tu voluntad, sino la voluntad de mi Padre.

Esto es lo que Jesús quiso decir con la solemne reprensión que dio a María. Quería desterrar toda idea de que ella se convertiría en intercesora entre el hombre y Cristo. El quería protestar contra la doctrina de la Iglesia de Roma. María lo entendió bien, porque ella dijo: Haced todo lo que él os dijere. Nunca vengan a mí, vayan a él.

Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. (Hch.4:12)

Cada uno de estos pensamientos golpeó contra mi alma angustiada como un huracán. Cada frase era como el resplandor de relámpagos en una noche oscura. Hasta el amanecer, me sentí impotente contra los esfuerzos de Dios de destruir y derribar la inmensa fortaleza de los sofismos, falsedades e idolatrías que Roma había construido alrededor de mi alma. ¡Qué cosa tan horrenda es luchar contra el Señor!

Durante las largas horas de esa noche, mi Dios contendía conmigo y yo luchaba contra él. Pero aunque todo se derrumbó hasta el polvo, no fui vencido. Mi entendimiento estaba casi convencido, pero mi voluntad rebelde y orgullosa no estaba dispuesta a rendirse.

Por la mañana mis ojos estaban rojos y mi cara hinchada y en el desayuno el Obispo Prince me dijo: –Tus ojos se ven como si hubieras llorado toda la noche.

–Su Señoría tiene razón al pensar que he llorado toda la noche, –le respondí. (El Obispo Prince había sido mi amigo personal desde el tiempo en que entré al Colegio Nicolet donde él había sido profesor de retórica.)

El obispo replicó: –¿Puedo saber la causa de tu dolor?

–Sí, mi señor, –le dije, –las tentaciones más horribles contra nuestra santa religión me asaltaron toda la noche. Usted me felicitó ayer al comprobar que Jesús siempre concede las peticiones de su madre y que él no puede rehusarle ningún favor. Toda la noche se me ha dicho que esta es una mentira blasfema. Por medio de las Escrituras he sido casi convencido que usted y yo como también nuestra santa Iglesia predicamos una falsedad blasfema siempre que proclamamos las doctrinas de la adoración a María.

El pobre obispo pronto respondió: –Espero que no has cedido a esas tentaciones para convertirte en Protestante como tantos de tus enemigos susurran.

Es mi esperanza, mi señor, –le contesté, –que nuestro Dios misericordioso me guardará hasta el fin de mi vida como un sumiso y fiel sacerdote de nuestra santa Iglesia. Sin embargo, no puedo ocultar de Su Señoría que mi fe fue terriblemente conmovida anoche. Como obispo, su porción de luz y sabiduría ha de ser mayor que la mía. Por favor, ¿Cómo reconcilia usted esa proposición con este texto. Le di el Evangelio de Mateo señalándole los últimos cinco versículos del capítulo doce.

El los leyó y dijo: –Ahora, ¿Qué quieres saber?

–Mi señor, –le dije, –quiero preguntarle respetuosamente, ¿Cómo podemos decir que Jesús siempre ha concedido las peticiones de su madre cuando este Evangelio dice exactamente lo opuesto? ¿No debemos temer que proclamamos una falsedad blasfema cuando apoyamos una proposición que contradice directamente al Evangelio?

El pobre obispo parecía estar absolutamente confundido por esta sencilla y honesta pregunta. Yo también me sentía confundido y triste por su humillación. Empezando una frase se daba por vencido o intentando usar argumentos, no podía llegar a una conclusión. Me parecía que él nunca había leído ese texto o, como yo y el resto de los sacerdotes de Roma, nunca había notado que derrumbaba completamente a la adoración a María. Para ayudarle a salir de las dificultades en las cuales le había empujado, en seguida le dije: –Mi señor, ¿Me permite hacerle algunas preguntas?

–Con gusto, –respondió.

–Bien, mi señor, ¿Quién vino a este mundo para salvar a usted y a mí, Jesús o María?

El obispo respondió: –Fue Jesús.

Luego le pregunté: –Cuando Jesús y María estaban en la tierra, ¿Quién amó a los pecadores con un amor más salvador y eficaz?

–Jesús siendo Dios, su amor evidentemente era más eficaz y salvador que el de María, –respondió el obispo.

–Y, ¿A quién invitó Jesús a los pecadores para buscar su salvación, a sí mismo o a María? –pregunté nuevamente.

El obispo contestó: –Jesús dijo, venid a mí. Nunca dijo que fueran a María.

–¿Tenemos algún ejemplo en las Escrituras de pecadores, temiendo ser reprendidos por Jesús, que hayan ido a María para obtener acceso a Jesús por medio de ella y que hayan sido salvados por medio de su intercesión?

–No recuerdo ningún caso, –replicó el obispo.

–Entonces, –le pregunté: –¿A quién se dirigió el malhechor penitente en la cruz para ser salvo, a Jesús o a María?

–A Jesús, –replicó el obispo.

–¿Hizo bien el malhechor penitente en dirigirse a Jesús en la cruz en lugar de María, quien estaba a sus pies?

–Seguramente hizo mejor, –respondió el obispo.

–Ahora, mi señor, –le dije, –permíteme hacerle una sola pregunta más. Por favor, dígame, ¿Cree usted que ahora que Jesús está en el cielo sentado a la diestra de su Padre, habrá perdido algo de su amor, superior y misericordioso, por los pecadores? Y si es así, ¿Puede comprobar que lo que perdió Jesús, lo haya ganado María?

–No creo que Cristo haya perdido nada de su amor ni poder para salvarnos ahora que está en el cielo, –respondió el obispo.

–Ahora, mi señor, –le dije, –si Jesús es todavía mi mejor amigo, mi amigo más misericordioso y amoroso, ¿Por qué no debo acudir directamente a él? ¿Por qué debemos por un solo momento acudir a alguien que está infinitamente inferior en poder, amor y misericordia para obtener nuestra salvación?

El obispo estaba pasmado por mis preguntas. Tartamudeó una respuesta ininteligible y se disculpó a causa de algún asunto pendiente. Extendiéndome la mano antes de salir, dijo: –Hallarás la respuesta a tus preguntas y dificultades en los Santos Padres.

–¿Me puede prestar los Santos Padres, mi señor?

Replicó: –No, señor, no los tengo.

Esta última respuesta de mi obispo dejó mi mente en un estado de gran angustia. Con el sincero deseo de hallar en los Santo Padres alguna explicación para disipar mi dudas penosas, fui inmediatamente al Sr. Fabre el gran librero de Montreal, quien obtuvo de Francia la edición espléndida de los Santos Padres por Migne. Yo estudié con suma atención cada página donde pudiera hallar lo que ellos enseñaban sobre la adoración a María y la doctrina de que Jesucristo nunca le había rehusado ninguna petición dirigida a ella.

¡Cuál fue mi desolación y vergüenza al descubrir que los Santos Padres de los primeros seis siglos nunca pregonaron la adoración a María. Las muchas páginas elocuentes sobre el poder de María en el cielo y su amor por los pecadores halladas en mis teólogos y otros libros ascéticos, que había leído antes, no eran más que mentiras impudentes, adiciones intercaladas en sus obras cien años después de su muerte. Después de descubrir estas falsificaciones de las cuales mi Iglesia era culpable, cuántas veces en el silencio de mis largas noches de estudio y meditación devocional oía una voz diciéndome: –¡Sal fuera de Babilonia!

Pero, ¿A dónde podría ir? ¿Podría hallar fuera de la Iglesia de Roma esa salvación que se encontraba solamente dentro de sus muros? Yo decía a mí mismo: –Ciertamente hay algunos errores en mi querida Iglesia, pero, ¿No hallaría errores todavía más condenables entre los cientos de iglesias Protestantes que bajo los nombres de Episcopales, Bautistas, Presbiterianos, Metodistas, etc. están divididas y subdivididas en veintenas de sectas desdeñables y que se anatemizan y se denuncian unos a otros delante del mundo?

Mis ideas de la gran familia de las iglesias evangélicas compuestas bajo el nombre general de Protestantismo era en aquel entonces tan exagerado que era absolutamente imposible para mí hallar en ellos esa unidad que yo consideraba tan esencial a la Iglesia de Cristo. La hora todavía no había llegado cuando mi querido Salvador me haría entender sus palabras sublimes: Yo soy la vid verdadera y vosotros sois los pámpanos.

Después, al estar debajo de una hermosa vid en mi jardín lo entendí. Nunca vi dos pámpanos iguales en esa vid prolífica. Algunos pámpanos eran muy grandes, otros muy delgados, algunos muy largos, otros muy cortos, algunos subiendo, otros bajando, algunos rectos como una flecha,otros tan torcidos como un relámpago, algunos volteados al occidente y otros al oriente. Pero aunque los pámpanos se deferían unos de los otros en tantas formas, todos dieron excelente fruto entretanto que permanecían unidos a la vid.